Frente a la proximidad de la campaña fina, un equipo de especialistas del INTA Oliveros subrayó la importancia crítica de adelantarse a la siembra mediante una planificación técnica rigurosa.
El escenario actual presenta suelos con notables deficiencias nutricionales, lo que obliga a los productores a ajustar sus estrategias de manejo para sostener la productividad.
La herramienta central en esta etapa es el análisis de suelo realizado entre mayo y junio, preferentemente hasta los 60 centímetros de profundidad, para determinar con precisión la disponibilidad de nitratos y otros nutrientes esenciales.
El manejo del agua se posiciona como el factor determinante para el éxito del cultivo, especialmente en regiones donde las lluvias invernales son escasas. Fernando Salvagiotti, referente del INTA, destacó que es vital medir la recarga del perfil hídrico, idealmente hasta los dos metros de profundidad, para decidir qué especie implantar y en qué momento exacto hacerlo.
Esta información permite reducir la incertidumbre, ya que el rendimiento del trigo depende en gran medida del agua acumulada al inicio del ciclo, permitiendo proyectar el comportamiento de la planta con mayor seguridad.
En cuanto a la nutrición, los expertos alertan sobre un déficit generalizado de nitrógeno, sugiriendo la estrategia de fraccionar la fertilización como una alternativa eficiente para adaptarse a las necesidades del cultivo y a la realidad económica.
Además, se insta a los productores a adoptar una visión integral del sistema de doble cultivo, como la rotación trigo/soja o trigo/maíz. Esto implica que la dosis de fertilizantes, incluyendo fósforo y azufre, debe contemplar los requerimientos del sistema completo y no solo del primer cultivo, evitando así desequilibrios que limiten la producción a largo plazo.




